Mi lugar en la procesión siempre ha sido de espectador, excepto dos años que salí el Viernes Santo por la mañana en la Hermandad de Promesas de la Cofradía de Jesús. Es cierto que disfrutaba, pero estaba deseando soltar la cruz para poder ir a ver lo que quedaba de procesión. Por suerte mi hermandad abría el cortejo y por tanto tan solo me perdía los dos primeros pasos. Pese a todo sentía un gran desasosiego por no tener el don de la ubicuidad. Así que cuando pasaba por delante del lugar donde estaba mi familia, me daba ganas de quitarme el capirote y quedarme junto a ellos.
Han pasado 15 años de aquello, pero hace unos meses no pude decir que no a la invitación del cabo de andas del Cristo de la Caridad, y lo cierto es que estoy con una ilusión que a veces me desvela. Hay días que me descubro colocando los pies como si estuviera cargando, momentos en los que mentalmente hago el recorrido de la procesión, me imagino dando la curva de la calle Santa Ana a la Plaza homónima... Siento el peso más de la responsabilidad que el físico, y no me refiero tan solo a la responsabilidad de hacerlo bien, sino la de mantener con dignidad el legado y el patrimonio inmaterial de mi ciudad.
De vez en cuando me asaltan las dudas, me vestiré correctamente de nazareno, aguantaré bien el recorrido, sabré atar la almohadilla... No debiera de preocuparme tanto ya que, a mi alrededor, empiezo a darme cuenta que hay un fantastico grupo de estantes, encabezados por Manolo Lara, dispuestos a ayudar en todo lo que haga falta. Yo de momento estoy con los ojos bien abiertos, dispuesto a aprender tanto como me sea posible, y así, el día de la procesión, sacar bien los pies pa lante.
Se trata de un blog abierto a la reflexión en torno al arte de todos los tiempos. Pintura, escultura, arquitectura, fotografía, nuevos medios para la creación artística. Museos, ciudades, patrimonio material e inmaterial. Ideas, sueños, piedrecitas en los zapatos...
martes, 5 de marzo de 2013
miércoles, 10 de octubre de 2012
Archicofradía del Rosario
Cuando llega octubre comienza el mes del rosario, y con él los actos en torno a la Virgen del Rosario: despierta huertana, función principal, procesión claustral, etc. Pero, para mi, el gran momento se produce en la mañana del día que sacamos a la Virgen en procesión por las calles de Murcia. Se trata siempre del sábado inmediatamente posterior al 7 de octubre. Esa mañana nos juntamos los estantes en la Iglesia de las Anas para preparar la procesión del la tarde. Engalanamos la plaza de Santa Ana, sacamos el paso del tránsito del convento al crucero de la iglesia, colocamos las varas, atamos las almohadillas... en principio nada extraordinario, o quizás si. Durante esa mañana el ambiente es especial, todos aportamos nuestro granito de arena con alegría e ilusión, todos remamos en la misma dirección, sumando, aunando esfuerzos. Me encanta entrar a la iglesia, en semipenumbra, contemplar con detenimiento la construcción, ensimismarme con el retablo mayor y quedarme absorto con la Virgen del Rosario en su trono-baldaquino. Pero lo que de verdad me llena es ese silencio festivo que se respira en el interior del templo. Es el instante que me regalo para mi, ese que colecciono en el relicario de los recuerdos que acarician el alma.
Y después de esto el día sigue fluyendo: el Ángelus, la pólvora, los bocadillos, las cervezas, pa casa a incrustarse el traje, la misa, y a situarse junto al paso para que comience la procesión.
Ya estamos cada estante en su sitio, los cabos de andas llaman con un golpe seco, comienza a sonar en las naves de la iglesia "Caridad del Guadalquivir". Al pasar la cancela de la iglesia, se que ha terminado mi procesión y que comienza la procesión pública.
Y después de esto el día sigue fluyendo: el Ángelus, la pólvora, los bocadillos, las cervezas, pa casa a incrustarse el traje, la misa, y a situarse junto al paso para que comience la procesión.
Ya estamos cada estante en su sitio, los cabos de andas llaman con un golpe seco, comienza a sonar en las naves de la iglesia "Caridad del Guadalquivir". Al pasar la cancela de la iglesia, se que ha terminado mi procesión y que comienza la procesión pública.
miércoles, 14 de marzo de 2012
Rincones de mi memoria (Viernes Santo I)
Iglesia de Jesús desde la Plaza de San Agustín
Durante mi infancia solo había dos días en el año que los nervios me hacían despertarme antes de que asomara el alba. Uno era el día de Reyes, el otro el Viernes Santo. Recuerdo el fresquito mañanero cuando mi padre, mi hermana y yo salíamos de casa, recuerdo que conforme nos acercábamos a Jesús iba aumentando el número de estantes y penitentes que se dirigían a la iglesia, recuerdo que cuando llegábamos al lugar en la que todos los años veíamos (y seguimos viéndo) la procesión, allí nos encontrábamos con mi tío Antonio y con unos amigos de mi padre de la infancia, que todos los Viernes Santos (o casi todos) volvían de Madrid a su Murcia para disfrutar de sus tradiciones, pero sobre todo de su familia y de sus amigos. Podría contar tantas y tantas cosas de los nazarenos, de los pasos, de la música, de anécdotas que allí sucedieron, podría pasarme horas en este empeño y no acercarme ni por un instante a la verdadera esencia de lo que allí he vivido. Es absurdo que lo intente porque hay algo transcendente, algo que está en el aire y se siente pero que soy incapaz de asir.
Llegado a este punto dejenme que cambie el guión de mi discurso y me centre en los años que estoy residiendo en La Ñora. Desde que me fuí a vivir allí mi Viernes Santo se levanta con algunas diferencias. Dejo a mi mujer acostada (ella disfruta más con la cama que con la procesión) y yo cojo mi coche y serpenteo por los carriles de la huerta en los estertores de la noche. Aparco en el descampado que hay justo antes del puente que cruza la autovía, a la altura de la estación de autobuses, y me encamino lento, casi eterno, hacia la plaza de san Agustín, al lugar donde todos los años de mi vida he visto y veré la procesión de los salzillos. Para llegar allí tomo por la calle del doctor Jesús Quesada. Ésta es la calle adyacente a la iglesia de Jesús y en la que se organizan los penitentes de cada hermandad. Me encanta deambular por allí minutos antes de que den las 6 de la mañana hora solar. El morado de las túnicas lo inunda todo y la claridad del día se va asomando tímidamente entre senás, capirotes, cruces, puntillas y pies descalzos.
Y otro año más se ha producido el milagro, todo está preparado para que comience la mañana más luminosa de Murcia, para que se den cita con puntualidad matemática la historia, la música,el arte y la tradición.
Pero en verdad lo que me emociona hasta calarme el alma no es la procesión en si, sino que mi familia, los que están y los que no están, volvemos a reunirnos en el mismo sitio, el mismo día, a la misma hora. Llego y pienso: ya estoy/estamos aquí. Y en ese momento me reafirmo en mis valores y mis convicciones, es el instante en el que tomo conciencia de que mi reloj vital sigue haciendo tic tac.
Durante mi infancia solo había dos días en el año que los nervios me hacían despertarme antes de que asomara el alba. Uno era el día de Reyes, el otro el Viernes Santo. Recuerdo el fresquito mañanero cuando mi padre, mi hermana y yo salíamos de casa, recuerdo que conforme nos acercábamos a Jesús iba aumentando el número de estantes y penitentes que se dirigían a la iglesia, recuerdo que cuando llegábamos al lugar en la que todos los años veíamos (y seguimos viéndo) la procesión, allí nos encontrábamos con mi tío Antonio y con unos amigos de mi padre de la infancia, que todos los Viernes Santos (o casi todos) volvían de Madrid a su Murcia para disfrutar de sus tradiciones, pero sobre todo de su familia y de sus amigos. Podría contar tantas y tantas cosas de los nazarenos, de los pasos, de la música, de anécdotas que allí sucedieron, podría pasarme horas en este empeño y no acercarme ni por un instante a la verdadera esencia de lo que allí he vivido. Es absurdo que lo intente porque hay algo transcendente, algo que está en el aire y se siente pero que soy incapaz de asir.
Llegado a este punto dejenme que cambie el guión de mi discurso y me centre en los años que estoy residiendo en La Ñora. Desde que me fuí a vivir allí mi Viernes Santo se levanta con algunas diferencias. Dejo a mi mujer acostada (ella disfruta más con la cama que con la procesión) y yo cojo mi coche y serpenteo por los carriles de la huerta en los estertores de la noche. Aparco en el descampado que hay justo antes del puente que cruza la autovía, a la altura de la estación de autobuses, y me encamino lento, casi eterno, hacia la plaza de san Agustín, al lugar donde todos los años de mi vida he visto y veré la procesión de los salzillos. Para llegar allí tomo por la calle del doctor Jesús Quesada. Ésta es la calle adyacente a la iglesia de Jesús y en la que se organizan los penitentes de cada hermandad. Me encanta deambular por allí minutos antes de que den las 6 de la mañana hora solar. El morado de las túnicas lo inunda todo y la claridad del día se va asomando tímidamente entre senás, capirotes, cruces, puntillas y pies descalzos.
Y otro año más se ha producido el milagro, todo está preparado para que comience la mañana más luminosa de Murcia, para que se den cita con puntualidad matemática la historia, la música,el arte y la tradición.
Pero en verdad lo que me emociona hasta calarme el alma no es la procesión en si, sino que mi familia, los que están y los que no están, volvemos a reunirnos en el mismo sitio, el mismo día, a la misma hora. Llego y pienso: ya estoy/estamos aquí. Y en ese momento me reafirmo en mis valores y mis convicciones, es el instante en el que tomo conciencia de que mi reloj vital sigue haciendo tic tac.
lunes, 12 de marzo de 2012
Rincones de mi memoria (Jueves Santo III)
C/ Puxmarina
Solo con esta frase podría quedar resumida a la perfección mi tarde-noche del Jueves Santo. Para los no iniciados traduzco. Nuestra bendita tradición de Jueves Santo es la de visitar los monumentos al Santísimo que se montan en las iglesias. Pero nuestras estaciones tienen que ir acompañadas con la penitencia de los latigazos, que en este caso son latigazos de cerveza y alguno de vino. En definitiva, nos mortificamos para alcanzar la gloria. La primera iglesia la de Jesús, el primer bar el Tío Sentao. Posíblemente nos pasemos todo el año sin pisar esta taberna pero no hay Jueves Santo que fallemos a nuestra cita. Allí estamos como clavos mi padre y un servidor, y en los últimos años tampoco perdona mi cuñao Josito. A él lo de la Semana Santa le gusta a su manera, pero lo de la penitencia y los latigazos lo cumple escrupulosamente.
El recorrido continúa por San Nicolas, calle de las Mulas, San Pedro, Plaza de las Flores, Santa Catalina... y conforme va anocheciendo se van sumando más familiares y amigos al acto penitencial. A estas alturas el grupo lo conformamos en torno a una quincena de personas, aunque no se si porque somos tantos o por las cualidades multiplicadoras de la visión etílica.
Eso si, aun nos quedan fuerzas para acercarnos a la calle Correos y ver junto a la familia de Josito la Procesión de san Lorenzo. Al paso del Cristo del Refugio su madre canta una saeta que rompe el silencio de la noche. Cuando el tambor sordo cierra la procesión la voz de Alicia aún flota en el aire.
Después de ésto todo ha acabado, pero no era así hace unos años. La procesión de La Soledad, antiguamente del Retorno, salía de la Iglesia del Carmen a las 23:00 horas. Hago un inciso (En los 30 años que lleva esta procesión ha cambiado tantas veces de horario, recorrido, día e incluso imágenes, que resulta casi un imposible tener los recuerdos bien ordenados. Así que para esta narración me decanto por centrarme en el transcurrir de la procesión en el año 2006 por la calle Puxmarina. Ya no pasa por aquí, tampoco procesiona con este horario tan tardío y actualmente el paso que abre el cortejo se estrenó el año pasado). Quizás por todo ello he elegido como Rincón de mi memoria del Jueves Santo esta calle, por su exclusividad (creo que este año ninguna procesión pasará por ella) por su estrechez, por su sabor y porque se me quedó grabada la imagen de los nazarenos de negro del Carmen avanzando en soledad por este lugar. Hay momentos, a veces solo instantes, por los que merece esperar anhelante todo un año a que llegue la Semana Santa, uno de ellos fue éste.
lunes, 20 de febrero de 2012
Rincones de mi memoria (Jueves Santo II)
Pavimento de la Plaza de San Agustín
martes, 11 de octubre de 2011
Rincones de mi memoria (Jueves Santo I)
Al igual que cuando eres niño la cerveza te resulta amarga, el Jueves Santo era para mi un día sin demasiado interés entre las dos grandes procesiones de Murcia (Coloraos y Salzillos). Pero ahora me encanta la cerveza y aun más el Jueves Santo.
Durante algunos años he ido a Totana por la mañana para disfrutar de los traslados a la Iglesia de Santiago. Es un momento con un gran sabor, tanto como las cervezas del multitudinario aperitivo que se lía en las inmediaciones de la parroquia. Que ambientazo, una gran fiesta para los sentidos, para todos los sentidos. Si a todo esto le sumas la buena compañía de mi familia de Totana, tienes un cocktail imposible de mejorar.
eso si, lo difícil es volver a Murcia, no solo por la agradable procesión de la tarde-noche, por sus nazarenos de túnica negra, por sus empanadillas en la sená que comparten con todo el mundo, sino por la tajá que llevas encima después de todo el día de cervezas. En fin, que de las veces que he ido, en ocasiones me he quedado hasta tarde allí y en otras he cortado a tiempo para poder visitar los pasos en la Iglesia de Jesús. Pero este es otro capítulo de mi memoria, un capítulo que merece atención preferente y por tanto le reservo una entrada monográfica que más adelante publicaré.
eso si, lo difícil es volver a Murcia, no solo por la agradable procesión de la tarde-noche, por sus nazarenos de túnica negra, por sus empanadillas en la sená que comparten con todo el mundo, sino por la tajá que llevas encima después de todo el día de cervezas. En fin, que de las veces que he ido, en ocasiones me he quedado hasta tarde allí y en otras he cortado a tiempo para poder visitar los pasos en la Iglesia de Jesús. Pero este es otro capítulo de mi memoria, un capítulo que merece atención preferente y por tanto le reservo una entrada monográfica que más adelante publicaré.
lunes, 10 de octubre de 2011
Rincones de mi memoria (Miércoles Santo II)
Puente de Los Peligros
La procesión del Miércoles Santo es la procesión de mi barrio, aunque quizás sería mas acertado decir que es mi barrio de procedencia. Mi familia ha vivido en él al menos desde el siglo XIX, mis padres se casaron en la iglesia del Carmen y también yo fui bautizado allí, pero lo cierto es que tan solo viví en el durante los primeros meses de mi vida. Después he sido condominero, aunque me siento más del barrio del Carmen que de otro lugar.
Al abrir el cuaderno de mis recuerdos de la Archicofradía de la Sangre, el más antiguo que conservo no es mío, sino heredado de mi padre. Él me contaba que siendo un niño, en los días anteriores al Miércoles Santo, se colaba en la iglesia para empaparse de todos los preparativos de la procesión. Cruces, círios y estandartes que salían un año más de los almacenes, tronos que pasaban a ocupar las náves del templo, limpieza de tulipas y plata... aunque la verdadera imagen que tengo formada en mi mente es la de mi padre con 9 o 10 años colgado de las varas de los tronos o poniéndose de puntillas para rozar con su hombro la tarima de algún paso. Siguiendo con los recuerdos heredados ahora puedo vislumbrar a mi padre sentado en la acera de la Alameda de Colón, con pantalones cortos, calcetines a media pantorrilla y espinilla marcada por bonitos moratones, se encuentra alargando la mano y esperando algún caramelo de los nazarenos coloraos. Solo recibe uno, eran otros tiempos, es una pastilla, una de esas clásicas con su poemita escrito en el envoltorio. El preciado don se lo ha dado un familiar, ¿Se trataba de su tía Fuensanta Alpañez? siento no recordarlo bien, tendré que preguntarlo.
Ahora soy yo el que está en la Alameda de Colón, tengo unos 11 o 12 años, ocupo una silla, una de aquellas de primera fila que mi tío Antonio había peleado. Estoy justo en frente de los cines Floridablanca, en la acera del jardín. A las siete se inicia la procesión y comienza a pasar el pelotón de los niños, luego cerca de 3000 nazarenos pasarán frente a mi con sus buches cargados de caramelos, monas, huevos y algún haba, después de pasar La Dolorosa y tras ellos los militares de la Calle Cartagena, ni un solo caramelo tengo en mi bolsa. He aprendido la lección, ya no soy un niño, pero joer, que en la procesión más dadivosa de Murcia ni un solo caramelo. Hay cosas que no se olvidan.
Hace 15 o 20 años la procesión del Cristo de la Sangre llegó a convertirse en la procesión que menos me gustaba, (no se si experiencias traumáticas como la anteriormente relatada pueden influir en este juicio). Desorganización, ramalazos de chabacanería, masificación de público, escaso cuidado de los detalles y algunas razones más, me hacían quedar disgustado cuando terminaba el cortejo. Eso si, por si no tenía bastante, la procesión la veía al salir y la esperaba para verla recogerse. Es decir casi seis horas seguidas de procesión continua. Pero de un tiempo a esta parte, posíblemente desde el cambio de presidencia en la Archicofradía, las cosas han mejorado de tal modo que ahora publico a los cuatro vientos que es la procesión que más disfruto. A eso de las 8 de la tarde me gusta salir a pasear por Murcia oteando fugazmente por los rincones el discurrir de la procesión. Una cervecita en la caseta del tontódromo, un bocadillito de roquefort en la calle de las Mulas, un pastel de carne en el Zaher, y a las 22:30 clavados en lo alto del Puente de los Peligros, para recibir en el cancel de su barrio a la procesión de la Sangre. Sin lugar a dudas es un lugar emblemático, quizá mi rincón favorito de todos los que elijo para ver procesiones. Durante las dos horas y media que tarda en pasar el cortejo me siento profundamente feliz y emocionado. No soy un simple espectador, tengo la sensación de estar perpetuando la historia, mi propia historia y la de mi familia. Estoy recogiendo el testigo de mis antepasados carmelitanos, de mis abuelos, de mi tío Antonio, de mi padre. Solo soy un eslabón más de esta maravillosa cadena, pero cuando contemplo año tras año el discurrir de la procesión en lo alto del Puente Viejo junto a mi padre, mi mujer, mi hermana, mi cuñao, mis primas, mis sobrinos, y, a partir de esta Semana Santa, junto a mi hijo, tomo conciencia que Murcia, el Barrio del Carmen, Los Coloraos y mi familia se reunen cada Miércoles Santo a los pies de la Virgen de los Peligros para recordar a los que ya no están, para mantener viva la llama y hacer entrega del legado a los que vienen y han de venir.
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