martes, 4 de febrero de 2020

TÍO ANDRÉS


Se levantó muy temprano, se vistió con el traje oscuro de pana y se caló el sombrero para salir a la calle. Desde hacía más de dos décadas, cada Viernes Santo repetía el rito. Marchaba sólo por el malecón, caminaba despacio en dirección a la Iglesia de Jesús. La Juana ya no podía acompañarle, el corazón le dijo basta, y su Andrés y su Juan tuvieron que marcharse hace ya muchos años a Francia para sacar a sus familias adelante. No había día que no se acordara de ellos, pero en Semana Santa el vacío se le hacía inmenso.
Al llegar a la estatua de Don José María Muñoz, tomó a la derecha y caminó junto a La Aljufia para llegar a Murcia. Aún no apuntaban las claras del día y decidió pasarse por la taberna para tomarse un revuelto. Nada más entrar, los estantes de La Caída le saludaron efusivamente.
ꟷ¡Tío Andrés, qué alegría, un año más que le vemos por aquí!
ꟷCuanto le echamos de menos.
ꟷYa quedan pocos nazarenos bragados.
ꟷSi estos mindundis supieran cargar la mitad que usted.
ꟷ¿Cómo están sus hijos?
ꟷ¿Este año tampoco pueden venir?
El viejo, visiblemente emocionado, se despidió escuetamente de los que tiempo atrás fueron sus compañeros.
ꟷBuena carrera.
No era necesario decir más.

Minutos antes de las 7 se dirigió a la plaza de San Agustín, donde año tras año contemplaba el discurrir de la procesión. En cuanto sonaron las campanas de la iglesia, se abrió el portón. El pendón morado apareció majestuoso y la burla arrancó a tocar. Un reguero de penitentes cargados con cruces comenzó a pasar ante él. Muchos le conocían y le obsequiaban con huevos, monas y caramelos. Sus manos grandes y callosas recibían la dádiva al mismo tiempo que inclinaba la cabeza. Luego llegó el paso de La Cena, después La Oración en el Huerto... Pese a la enorme admiración que sentía por Salzillo, durante la procesión se le olvidaba mirar a las imágenes, y aunque las cataratas le nublaban la vista, sólo tenía ojos para la labor de los estantes.
Sin darse cuenta pasó El Prendimiento, Los Azotes, La Verónica y llegó La Caída. No podía evitar que el corazón se le acelerara cuando veía venir su paso, su Cristo. Una mezcla de orgullo y nostalgia le provocó un nudo en la garganta. El cabo de andas acercó el trono hasta el lugar en el que se encontraba el Tío Andrés, le tendió la muleta y le conminó a dirigir el paso.
Un golpe seco hizo retumbar la tarima, el viejo se alejó unos metros y comenzó a dirigir la curva. ꟷAlfonso, saca los pies. Aguanta Martínez. Luis acuéstate un poco más. La tarima izquierda la quiero arriba. Ese punta de vara trasero, déjate un poco.
El trono, como si flotara, fue girando sobre su eje y un nuevo golpe sobre la tarima rubricó el final de la maniobra. Andrés, satisfecho, se abrazó al cabo de andas y le devolvió la muleta. Pero cuando se dirigía a su sitio le sobrevino un vuelco al corazón. En el cepo le pareció ver a su hijo Andrés veinte años más joven. Se frotó los ojos y cuando volvió a levantar la cabeza, un estante de 18 años y con acento francés se acercó y le abrazó con lágrimas en los ojos. ꟷAbuelo, soy aquí, abuelo soy feliz.
El Tío Andrés miró a su Cristo y entre sollozos musitó ꟷAhora si, ya me puedes llevar con mi Juana.

PEPE ALPAÑEZ MATEOS. IN MEMORIAM


Hoy hace 2 semanas que enterramos a mi padre, 2 semanas duras, que se suman a los 7 meses de lucha contra el cáncer. Nada de esto empaña el recuerdo de mi padre, más al contrario, me refuerza en el convencimiento de que era una persona excepcional. Ni una sola queja, ni una sola mala cara, ni una sola renuncia. Pese a estar herido de muerte, se aferró a la vida con todas sus fuerzas.
Cuando nos anunciaron la enfermedad, toda la familia lloramos desconsoladamente, pero al día siguiente mi padre dijo: “No se llora más, ahora lo que toca es pelear”. Estoy seguro que se marchó convencido de que seguía en la lucha. Nunca se rindió y, pese a ser consciente de la gravedad, nunca cargó sobre nosotros ni un solo gramo del dolor y la amargura que llevaba dentro. Hasta el último segundo haciéndonos la vida lo más agradable posible.
Porque mi padre era generoso, no de los que dan esperando recompensa, generoso por naturaleza, generoso a carta cabal. Se daba completamente a los demás como si no le costara, con una naturalidad que muchos de los presentes pudisteis disfrutar. Pensaba antes en la felicidad de los demás que en la suya propia. Pero, paradójicamente, esto es lo que le hacía feliz.
Mi padre era una persona alegre y divertida, capaz de irradiar buen rollo allá por donde pasaba. Siempre tenía una palabra amable, un comentario ocurrente, un gesto cariñoso. A veces era un martirio salir con él a la calle, pues se paraba a hablar con todo el mundo, saludaba a diestro y siniestro y era imposible llegar a la hora al sitio donde hubiéramos quedado.
Mi padre era un disfrutón, un verdadero disfrutón de la vida. Hay gente que se muere con 90 años y no ha vivido, pero a mi padre le dio tiempo a vivir 2 o 3 vidas. Disfrutón de la vida, en el mejor sentido. Disfrutaba y hacía disfrutar a los que tenía alrededor. Verdadera alma de las fiestas, siempre en positivo, siempre sumando, siempre generando buen ambiente.
Durante toda su vida supo regar con generosidad tanto a su familia como a sus amistades, tenía tiempo para todos: Para su mujer, para sus hijos, para sus nietos, para sus hermanos, cuñados y sobrinos; pero también para multitud de amistades: sus compañeros del instituto, los de la peña el Corrental, los del tenis, los de correos, los del centro de mayores, los vecinos del edificio… y tantos y tantos otros que nombrarlos a todos convertiría esta lista en interminable.
Mi padre fue un hombre bueno. BUENO con mayúsculas. Bueno de los que hay pocos (sé que soy su hijo y por tanto poco objetivo) pero estoy seguro que los que lo conocíais, pensáis lo mismo. No tengo dudas de que su alma ha ido al cielo por la vía más directa. Aunque también creo que San Pedro, en la puerta, le ha debido dar el alto, no para juzgar su bondad, esa es incuestionable, si no para que Pepico le contara el chiste del Demoño Rojo.
Claro que estoy triste, muy triste. Pero al mismo tiempo tengo tantas cosas por las que alegrarme. Ya que cuando pienso en mi padre siempre tengo recuerdos positivos, porque su memoria sigue viva en cada uno de nosotros y porque no estoy solo, tengo una familia y unos amigos maravillosos. Y en este momento tengo a mi madre que yo sé que es grande, muy grande, pero que, con la marcha de mi padre, su figura se ha hecho gigante.
Me encantaría que cuando salgamos de aquí, lo hagamos con la intención de disfrutar de la vida, ya que sin lugar a dudas es el mejor tributo que podemos hacerle a la memoria de mi padre.
Allá donde estés. Gracias Pepico.

lunes, 25 de marzo de 2019



Un año más, y sin remisión, la primavera y la Pasión se dan la mano por las esquinas de la ciudad. No entendemos que haya mejor pregón que cuando el azahar nos embriaga, las torrijas nos endulzan la espera y la luz de poniente se alarga cada día más.
El alma de la ciudad se despereza. Las plazas, aunque nunca vacías, al llegar marzo se transfiguran en foro de la ciudad antigua. La ilusión se renueva con la llegada de la primavera. Porque aunque el calendario se obstina en que el año comienza el 1 de enero, en Murcia sabemos que no es así, que hasta que no se produce el traslado de Nuestro Padre Jesús, el reloj no echa a andar.
Las casas se llenan de terciopelos, sargas, puntillas, espartos y damascos, el aire se tiñe con los sonidos de la burla y los viernes amanecen con el caminar lento del Viacrucis.
Es incongruente celebrar la Muerte de Cristo. Porque no nos engañemos, lo que celebramos no es la Resurrección, sino la Pasión y Muerte. Pero en Murcia no somos capaces de entender la Pasión como algo doliente, sino como la irrupción de la primavera mediante el desbordamiento de los sentidos.
Por más que, año tras año, trato de verbalizar cual es la magia de la Semana Santa, no llego más que a merodearla. Es escurridiza, cambiante, frágil y sobre todo contradictoria. Siempre camina en el filo y quizás sea esa indefinición lo que la haga sublime. La dualidad es su razón de ser, y aunque las dualidades tampoco revelan su genuina naturaleza, ahí van algunas de ellas:
La Semana Santa es sagrada y profana / popular y culta / eterna y efímera / inmaterial y palpable / alegre y triste/ lenta y fugaz / luminosa  y sombría / infantil y madura / espiritual y materialista / colorista y oscura /gozosa y doliente / inmutable y cambiante/ dulce y amarga.
La Semana Santa es dolor y consuelo / oro y ceniza / contemplación y omisión / barrio y centro / sufrimiento y hedonismo / soledad y amparo / tradición e innovación / silencio y algarabía / esparto y terciopelo / iglesia y bar / devoción y desafección / flor y espina / pasado y futuro / ciudad y huerta / memoria y presente.

Definir la Semana Santa es una labor ímproba y fallida, una aproximación que irremediablemente desemboca en la frustración; la naturaleza de esta celebración es etérea, inasible y volátil, ya que, en esencia, se genera mediante los sentidos y la memoria, y cristaliza en forma de sentimientos y recuerdos.
¿Cómo racionalizar la emoción y la nostalgia?


Un año más, y sin remisión, la primavera y la Pasión se dan la mano por las esquinas de la ciudad. No entendemos que haya mejor pregón que cuando el azahar nos embriaga, las torrijas nos endulzan la espera y la luz de poniente se alarga cada día más.
El alma de la ciudad se despereza. Las plazas, aunque nunca vacías, al llegar marzo se transfiguran en foro de la ciudad antigua. La ilusión se renueva con la llegada de la primavera. Porque aunque el calendario se obstina en que el año comienza el 1 de enero, en Murcia sabemos que no es así, que hasta que no se produce el traslado de Nuestro Padre Jesús, el reloj no echa a andar.
Las casas se llenan de terciopelos, sargas, puntillas, espartos y damascos, el aire se tiñe con los sonidos de la burla y los viernes amanecen con el caminar lento del Viacrucis.
Es incongruente celebrar la Muerte de Cristo. Porque no nos engañemos, lo que celebramos no es la Resurrección, sino la Pasión y Muerte. Pero en Murcia no somos capaces de entender la Pasión como algo doliente, sino como la irrupción de la primavera mediante el desbordamiento de los sentidos.
Por más que, año tras año, trato de verbalizar cual es la magia de la Semana Santa, no llego más que a merodearla. Es escurridiza, cambiante, frágil y sobre todo contradictoria. Siempre camina en el filo y quizás sea esa indefinición lo que la haga sublime. La dualidad es su razón de ser, y aunque las dualidades tampoco revelan su genuina naturaleza, ahí van algunas de ellas:
La Semana Santa es sagrada y profana / popular y culta / eterna y efímera / inmaterial y palpable / alegre y triste/ lenta y fugaz / luminosa  y sombría / infantil y madura / espiritual y materialista / colorista y oscura /gozosa y doliente / inmutable y cambiante/ dulce y amarga.
La Semana Santa es dolor y consuelo / oro y ceniza / contemplación y omisión / barrio y centro / sufrimiento y hedonismo / soledad y amparo / tradición e innovación / silencio y algarabía / esparto y terciopelo / iglesia y bar / devoción y desafección / flor y espina / pasado y futuro / ciudad y huerta / memoria y presente.

Definir la Semana Santa es una labor ímproba y fallida, una aproximación que irremediablemente desemboca en la frustración; la naturaleza de esta celebración es etérea, inasible y volátil, ya que, en esencia, se genera mediante los sentidos y la memoria, y cristaliza en forma de sentimientos y recuerdos.
¿Cómo racionalizar la emoción y la nostalgia?

viernes, 24 de marzo de 2017

HERENCIA NAZARENA



No recuerdo en que momento comencé a sentir este entusiasmo por la Semana Santa, pero si tengo claro quienes me transmitieron esta pasión. Mi padre y mi tío me cogieron de la mano para que les acompañara a vivir los diez días más maravillosos del calendario. Conforme pasaron los años mi agitación fue creciendo, y en cuanto llegaba la Cuaresma me lanzaba a conseguir los programas y revistas que se publicaban en estas fechas y a releer con fruición los pocos libros que tenía sobre Semana Santa. Llegó un momento en que la Cuaresma se me quedaba corta y necesitaba más, pero me autoimpuse la abstinencia cofrade pues fui consciente de que estaba obsesionado y terriblemente enganchado. A día de hoy y ante la evidencia de que no tengo solución, me dejo arrastrar por mi adicción nazarena durante todo el año.
¿Saben por qué les cuento esto? Porque sé que es un sentimiento compartido, porque en esta bendita Cofradía de la Caridad hay personas que están tan trastornadas como yo, que nos encanta estar en el chiringuito de la playa hablando de procesiones, que cuando viajamos en Agosto o en el puente de la Inmaculada o en Navidad, nos mandamos fotos de Cristos, Vírgenes y pasos de otras Semanas Santas para comentarlas, porque cuando tenemos nuestras reuniones del trono, la post-reunión se convierte en una interminable tertulia cofrade, porque cuando estamos en los últimos fríos de febrero y caminamos noctámbulos bajo los naranjos de la Plaza de las Flores, nos miramos cómplices porque hemos sentido al mismo tiempo la incipiente fragancia del azahar.
En mi familia, en cuanto a enajenados por la Semana Santa, se podría decir que mi padre y mi tío son la versión 1.0, que yo soy la versión 2.0 y que por detrás, con solo 5 años, viene mi hijo, que es la versión 3.0 (corregida y aumentada). El que les hable de mi hijo no tiene el propósito de contaros lo guapo, lo listo, lo alto y simpático que es, sino porque se puedan sentir identificados, bien porque tengan un hijo o una hija con unos comportamientos similares o bien porque hayan sido hijos que han imitado a sus padres en el sentir nazareno.
Mi hijo vistió su primera túnica de nazareno con 8 meses. Prácticamente no salió del carrito, pero me atrevería a decir que se sentía feliz de ir ataviado así.


La primera vez que mi hijo recorrió entero el pasillo de mi casa fue tocando una trompeta de juguete. Iba procesionando y, al estar más concentrado en la trompeta que en caminar, consiguió no caerse durante 30 segundos.
Mi hijo era incapaz de quedarse sentado delante de la televisión ni con Pocoyó, ni con Cantajuegos, ni con Micky Mouse, ni con nada. Pero teníamos un arma secreta, ponerle videos de procesiones. No era la panacea, pero conseguíamos que al menos durante un ratito se estuviera quieto.
Tampoco conseguía estar jugando con algo demasiado tiempo. Pasaba de una cosa a otra con inusitada rapidez. Con tres años, con lo único que se entretenía más de 15 minutos era tocando el tambor ¡Qué alegría para los vecinos y la familia! Pasaba de la burla al toque de la BRIPAC y de éste al de la Cofradía del Refugio (como él decía: “el tambor de la procesión de la noche”).
En una ocasión estábamos tomando un aperitivo en una terraza del centro de la ciudad. De repente la mesa se movió, volcándose los vasos que había sobre ella. A mi hijo no se le había ocurrido otra cosa que meter el hombro bajo la mesa como si estuviera cargando un trono.
Ante la insistencia y la locura de mi hijo, mi madre le hizo un paso de Cristo a pequeña escala, con sus varas y almohadillas incluidas. Este trono está en casa de mis padres, y cada vez que vamos a visitarles nos organiza una procesión donde cada uno de los miembros de la familia ocupamos un lugar en el cortejo, no falta el tarareo de la marcha real a la salida y a la recogida.
Muchas veces, cuando vamos al supermercado y el carro de la compra va cargado, mi hijo me ayuda a dirigirlo, pero para hacer los giros apoya su hombro sobre el carro y saca los pies para empujar como si estuviese cargando en un paso. En otras ocasiones se pone delante haciendo de cabo de andas. Cuando quiere que paremos da un golpe en el frente del carro, cuando quiere reanudar la marcha, otro golpe. Me va mandando, izquierda, derecha, más despacio. Lo malo es que yo le sigo el rollo y casi siempre acabamos en la sección de los dulces.
Tuve que esconder los guantes que uso en el Vía Crucis ya que en cuanto me descuidaba me los quitaba, se colocaba la medalla de la Cofradía, cogía una cruz que se fabricó con listones y cinta adhesiva e inmediatamente convertía el pasillo de casa en el recorrido de las estaciones de penitencia.
En las navidades de 2015 le apuntamos a un concurso de pintura en el Museo de Bellas Artes. Tenía que hacer un dibujo navideño basándose en lo que podía verse en el museo. Lo que le inspiró fue una escultura de Cristo, así que su creación navideña fue un dibujo de Jesús crucificado.
A él le encanta disfrazarse. El otro día nos sorprendió cuando salió vestido de legionario, cantando el Novio de la Buena Muerte y portando sobre los hombros su cruz de listones e imitando a los legionarios que en Málaga acompañan al Cristo de Mena.
Esta navidad ha hecho dos comentarios que por sí solos dan la medida de su obsesión. Le regalaron una campanita como la que usa Papa Noel, estaba en su habitación tocándola y me dice: “¿A qué así es como toca la campana el hombre de la capa que va en el Vía Crucis del Cristo de la Caridad?”. La otra anécdota es que los Reyes Magos le dejaron en su habitación un montón de globos dorados. A él se le ocurrió que los globos dorados se los había dejado Melchor porque era este rey el que le había regalado oro al niño Jesús. Acto seguido me comentó: “¡Qué bien! A lo mejor Gaspar nos ha traído incienso”.
Me dejo muchas anécdotas en el tintero, pero entiendo que esta docena es más que suficiente para ilustrar que mi hijo es nazareno de la Caridad durante todo el año.
En 2015 salió por primera vez con su túnica corinta tras el paso. Iba concentrado en  lo que tenía que hacer, serio, casi sintiendo la responsabilidad de ser nazareno murciano. Llegó hasta el teatro Romea, no podía más de cansancio y de sueño, y aun así, su madre lo sacó de la procesión a regañadientes. Al año siguiente hizo el recorrido completo, para él era inconcebible no llegar de vuelta a Santa Catalina. Repartió  todo lo que llevaba en su sená, en la mía y en la de varios miembros de la dotación del paso. Estaba atento a todo, empapándose de lo que se vive en la procesión, fijándose en como cargamos unos y otros. Me llegó a reprochar que me estaba acostando demasiado y que me dejara de hacer postureo. Luego se fue de la mano del cabo de andas hacia adelante para mandar el trono (a su manera) durante unos instantes. Habló con casi todos los estantes y escuchó atentamente lo que cada uno le decía. Al final de la procesión uno de los nazarenos fundadores del paso me dijo que con lo que más había disfrutado de la procesión era con la ilusión de mí hijo.
Sé que yo soy prescindible en la Cofradía pero nuestros hijos e hijas no lo son. Nosotros hemos recibido una herencia que nos ha calado hasta lo más hondo, que nos hace vibrar, que nos emociona intensamente y que día a día vamos trasmitiendo a los que nos suceden. Nuestra identidad colectiva, nuestros anhelos y nuestras esperanzas están incrustadas en este legado. Necesitamos a nuestros hijos para que preserven la esencia nazarena y mantengan encendida la llama de la Semana Santa. En su ilusión va nuestra ilusión y de su entusiasmo se alimentarán los que han de venir para perpetuar la más hermosa de las celebraciones.